Rebecca Jones, una madre británica de 27 años de edad, sufre un desorden alimenticio desde los 13 años. Su peso actual es inferior al de su hija, de tan sólo 7 años de edad
REBECCA JONES JUNTO A SU HIJA MAISY
No puedo evitar sobrecogerme cuando aterriza en mi plano sensorial una noticia relacionada con el terrible
síndrome de la anorexia extrema, como es el caso que me ocupa en esta ocasión, y que dejará su huella aciaga en las breves líneas de este artículo.
Observo la imagen adunta y veo a dos jovencitas separadas por un puente temporal no demasiado descabellado ni colosal.
Su historia, sin embargo, es cuanto menos sorprendente.
Rebecca Jones, una bella muchachita oriunda de
Manchester, se quedó embarazada con 19 años de edad de su hija
Maisy.
Ocho años después una instatánea familiar, posando para el fotógrafo, revela a una pareja risueña un tanto singular: la madre, delgada, llana como una cuartilla sin pliegues ni formas, tiene un
peso corporal inferior al de su hija.
Maisy, creciendo, va cobrando formas orondas, rellenas, plenas.
Su madre,
Rebecca, sufre desde los 13 años de edad un
síndrome de anorexia extrema. Su cuerpo no sigue las mismas directrices metabólicas que las de la pequeña
Maisy: revela una anatomía desnutrida, escuálida, como abatida por las fauces de la hambruna....
Su cuerpo necesita nutrientes,
hidratos de carbono,
grasas, proteínas... pero adolece, su
dieta, de ingestas precarias consistentes en sopas, tostadas o bebidas energéticas.
Las personas afectadas por esta enfermedad padecen un temor mórbido al aumento de peso.
De hecho, el enfermo contempla su imagen sin apreciar su consunción. Lejos de apreciar negativamente su enjutez, les aterra la imagen al otro lado del espejo, que observan rechoncha, pletórica, obesa....
En su alimentación descuidan la ingesta de
hidratos de carbono, rechazan
las grasas y a veces, en casos extremos, la absorción de líquidos, lo que pone en serio riesgo sus vidas.